La psicóloga Mariana Jacobs, acompañante de pacientes terminales, nos hace reflexionar con su experiencia.

Vivir muchísimo mejor. Es por eso que esta psicóloga que trabaja en psiconcología y cuidados paliativos desde hace más de quince años, necesita compartir lo que aprendió al acompañar a pacientes en el último tramo de sus vidas.

Lo sintetiza en siete grandes aprendizajes que le revolucionaron la mente, el alma y el corazón. Todos vinculados con animarse a ser uno mismo, con decir incansablemente “gracias”, con perdonar el daño recibido, y con vivir regalando amor cada día.

1- Baja cincuenta cambios en tu trabajo

Encuentra el equilibrio. El empleo es lo que hacemos pero no lo que somos. “Mi experiencia me demostró que aún las personas más reconocidas cuando están tendidas en la cama tomándome la mano y contemplando su pasado, identifican los momentos de mayor plenitud con el nacimiento de un hijo, el día en que conocieron a su pareja o los recuerdos felices de su infancia”, cuenta. Esto la interpela a hacer un llamado para que no nos dejemos arrastrar por la ambición, la competencia, el consumismo y el reconocimiento social. “No dejes que eso te robe lo más importante que tienes: aquello que te espera en casa cuando vuelves de trabajar”, afirma. Y comparte el caso de uno de sus pacientes:

Roberto era un empresario próspero y estaba orgulloso de serlo. Cuando se enfermó y le recomendaron dejar de trabajar se desestabilizó. Creyó que se volvería loco y me pidió por favor que hablara con sus médicos para convencerlos de que él estaba en condiciones de seguir manejando su gran empresa. Soltar ese lugar de poder le aterrorizaba. Le recomendé que no pensara que su retiro sería definitivo (a pesar de la gravedad del diagnóstico). Al cabo de un par de meses de inactividad; y de introspección casi obligada, algo cambió en él. Para siempre. Le costaba obviamente no seguir aferrándose a ese rol de gerente exitoso, pero gradualmente comenzaron a surgir otras facetas desconocidas por él, relegadas o poco exploradas. Pasó más tiempo en su casa, con sus nietos. Viajó con su mujer. Y cuando ya el final era inminente, organizó una reunión familiar sabiendo que se trataría de una despedida. Cuando estuvimos todos sentados en torno a su cama, miró a sus hijos a los ojos y les pidió que vendieran la empresa familiar tan próspera. Los herederos quedaron perplejos. “No sigan mi ejemplo, quiero un camino más simple para ustedes, sin tanto estrés. No quiero que el trabajo los lleve puestos como lo hizo conmigo”. Roberto murió a los pocos días habiendo confesado que en esos últimos meses había disfrutado la vida como nunca antes. Murió en paz.

“Para morir bien, hay que haber vivido bien”

2- Confórmate menos y anímate a patear el tablero

Es sumamente común -dice-, que sus pacientes se arrepientan de haber soportado acontecimientos personales o laborales dañinos durante demasiado tiempo. “Los he escuchado decir: No sé por qué me banqué tantos años tal o cual situación”. Por eso invita a no “aguantar” por miedo a cambiar, por comodidad o por necesidad de mantener una apariencia. Como el tiempo no vuelve atrás, ella está segura que lo terminas pagando caro.


La psicóloga Mariana Jacobs nos revela el significado de palpar cotidianamente la muerte.

3- No te quedes con cosas por decir

“Tantas veces me encuentro preguntándole a mis enfermos: Esto que me estás contando que te sucedió con un ser querido, ¿lo hablaste con él o con ella? Y la respuesta más frecuente es: No”, comenta. Por eso sugiere no postergar más esas conversaciones difíciles o importantes. “Es probable que más adelante te arrepientas de no haberlo hecho, o te modifique en algo el haberlo realizado”.

Luis había sido jugador compulsivo, alcohólico, drogadicto. Su historia era una de excesos y pasos en falso. Cuando nos conocimos él compartió su deseo de reparar, de algún modo, parte del daño hecho para ¨dejar las cosas en orden¨. En los meses siguientes Luis se encontró con muchas personas con las cuales quiso conversar. Algunos de esos encuentros fueron difíciles, drenó lo no dicho durante muchos años. Finalmente, al acercarse su día final, decidió realizar una reunión general. Vinieron todos. Nos juntamos en una mañana de invierno para escucharlo. Con coraje, honestidad y entrega, Luis les dijo: “Me voy a morir. Pero antes de irme quiero hacer algo para reparar tanto daño. Les pido que me perdonen”. Fue un momento de profunda comunión. Hubo lágrimas de emoción; de alegría y de dolor. En esa mañana gélida, sus palabras sentidas aportaron calor y saldaron parte de la angustia y el rencor guardados.

4- Perdonate y perdona ya mismo a todo el mundo.

Y basta. Una invitación fuerte y osada si la hay. “¿Te estafaron, te mintieron o te maltrataron? Suéltalo. “Lo que te pasó es parte de tu historia, no lo cargues más”, enfatiza. Cuenta que muchas veces, demasiadas, ha escuchado a sus pacientes reconocer que la bronca o el resentimiento los ha enfermado. Ella ha sido testigo de que la cercanía con la muerte funciona como un catalizador intenso: algo que podría resultar imperdonable, estando a semanas de partir toma veinte segundos. “Es misterioso. Podemos abrir el puño de la mano y soltar esa cadena de dolor que nos lastimó. Si en el final podemos lograrlo, practiquémoslo ya mismo, hoy”, insiste.

5- Di gracias. Cada día. Todos los días.

“¿Tienes salud? Agradécela. ¿Tienes un techo acogedor y agua potable? Sorpréndete y agradece”. Jacobs asegura que sus pacientes confiesan que vivían quejándose por pavadas, pendientes por lo que les faltaba, sin darse cuenta de lo afortunados que eran. Ser agradecido, para ella es sanador. “Cuando se filtra el agradecimiento aún en medio del dolor hay una cualidad del sufrimiento que cambia”, explica.

6- Intenta tener conexión con lo trascendente.

Te servirá para darte cuenta de que nada de lo que somos y atesoramos se termina realmente con la muerte.

7- Por último: mide tu vida en amor.

Haz lo que tengas que hacer pero asegúrate de dar y recibir todo el amor que puedas. “En cada una de las vidas que he tenido el honor de acompañar, en el momento de su cierre lo más importante ha sido el amor entregado y obtenido”, dice. Amar el trabajo, la comunidad para la cual uno se ha brindado, la familia, los amigos.

Amar, perdonar, agradecer, ser uno mismo, poner el foco en lo importante. Todos estos grandes aprendizajes para Jacobs se concentran en uno central: para morirse bien es importante haber vivido bien. Y evoca el caso de un paciente querido que, antes de morir, le confesó: “Trabajé tantos años para que mi vida sea maravillosa y ahora que me tengo que ir, me da pena dejarla porque me salió tan linda”. Jacobs cuenta que luego de escucharlo, ambos hicieron silencio, y contemplaron juntos el misterio de esa existencia que se apagaba. Hasta que su paciente retomó la palabra: “Lo hice bien. Valió la pena cada minuto”.

A Jacobs le conmovió la belleza escondida en esa historia. Pudieron despedirse serenamente con alegría. Y ella confirmó algo que intuía en su corazón: que honrando la vida la muerte pasa a ser una transición, la última frontera a atravesar. No necesariamente la más difícil. Porque puede que del otro lado nos espere algo bueno y, por qué no, aún mejor.

Fuente: wwww.lanación.com.ar  / Agustina Lanusse

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